Manuel Rodríguez: ‘Venue’- Por Nuria Ruiz de Viñaspre

La gravedad y la gracia

Título: Venue
Coreografía: Manuel Rodríguez
Coreografía y vestuario: Manuel Rodríguez
Iluminación: Olga García

Si Simone Weil, en La gravedad y la gracia, buscaba la intersección entre la perfección divina y la desventura del ser humano, el coreógrafo Manuel Rodríguez puede que buscara algo parecido en otro escenario. Nivelar la fuerza motriz de la danza en una congregación concebida como bloque corpóreo. Conciencia y fisicalidad. Casi una instalación artística. Esa parece haber sido la acertada norma del coreógrafo en Venue. Un punto de encuentro donde 10 bailarines desembocan en el núcleo del proceso. La comunidad.
Antes de entrar en la fuerza motriz que hay en el grupo, en el cuidadísimo vestuario, en la iluminación, en ese slow motion que ralentizaba la acción para aumentar el impacto visual y emocional de la pieza, hay que destacar sobre todo la juventud de muchos de los bailarines de Venue que, como astronautas en el cénit de sus vidas, se subieron a una nave muy bien
pilotada por los más experimentados para realizar lo que sería su primer viaje milenario acompañados.
Flotación. Astronautas movidos bajo la luz característica de Olga García. Masa compacta que acaba alineándose como se alinea la tierra. Con la misma solidez con la que se levanta un edificio. He aquí el feliz acoplamiento. Y Manuel Rodríguez en Venue consiguió esa unión perfecta, tal y como se acopla la nave espacial a la nodriza. Vehículo que transportaba una cadena genética de 10 átomos volatilizados, pero bien ensamblados. Diez bailarines extremadamente jóvenes. Unos con más técnica que otros, pero donde el foco no iluminaba edades ni técnicas sino el mano a mano. El hombro al hombro. El trabajo en equipo. Iluminaba esa línea humana que a veces formaban los bailarines haciendo de sus cuerpos cadenas de palabras. Era un nuevo diccionario humano. Y como en todo diccionario, hay palabras nuevas, jóvenes y otras aún por descubrir. Seres preciosos que nos hicieron ver que la técnica y el automatismo retornaban a lo humano desde el individualismo. Mientras, la luz caía desde el techo como si fuera lluvia ácida que inyectaba otro latido a los bailarines y les
daba sangre idéntica. El mismo ADN.
Para que dos naves se acoplen es necesario amortiguar el impacto entre ambas y controlar la velocidad de aproximación. Si alguno de los bailarines de Venue hubiera llevado mucha velocidad u otra fuerza, el acoplamiento hubiera desembocado en una colisión. Pero aquí la velocidad era conjuntamente baja. Bien nivelada con el resto. Vestidos para la ocasión
construyeron un túnel presurizado que recordaba el joven aprendiz que hay en todos nosotros. Una catarsis lo que consiguió el coreógrafo con este acto lleno de generosidad y de humildad. Formar un pelotón. Y cuerpo a cuerpo alimentarlo. Verlo crecer como un conjunto de 10 volúmenes, pero expresados en una sola entidad. La fisicalidad fue otro de los puntos fuertes de Venue. Esta no apuntaba al salto mortal, al giro más alto -técnicamente hablando – o a la torsión dancística, sino que inducía al
equilibrio, al control, a tener el mismo peso sobre esa balanza y a ese concepto de especie humana. Todo sin más pretensión que sentir la fuerza que emana de lo compacto.
Espectáculo muy visual que invitaba a la introspección y a la observancia. Al acto de mirar una balanza y reflexionar después. Quedémonos allí donde quería llevarnos el coreógrafo, a las palabras proceso y grupo que se descubrieron en ese diccionario humano.

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